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Luis A. Calvo, el músico que trina en la Ciudad del Dolor

Felipe Cardona

2013-07-18 / Revista Acontratiempo / N° 21

Luis A. Calvo, el músico que trina en la Ciudad del Dolor

Por: Felipe Cardona

El escudero silencioso

Aquel zorro se jugaba la vida cada vez que su amo quería comer carne. Y era una delicia para los chiquillos del pueblo ver al animal, con el canasto que el carnicero le amarraba al cuello, haciéndole frente a la encerrona que los perros de la plaza le tendían para arrebatarle tan jugoso recado. Era, digamos, una forma de compensación, la forma elegida por el insólito vasallo para ratificar su voto de fidelidad hacia el hombre que lo había salvado cuando era un cachorro perdido en los bosques cercanos al Río Magdalena.

Al comienzo, la presencia de aquel cuadrúpedo salvaje fue interpretada por los pueblerinos como otra extravagancia de aquel músico, que no hacía mucho había llegado a vivir en aquel caserío. Ya habían sido testigos, en días posteriores a su arribo, de como una carreta de mulas arrastraba un piano de su propiedad traído desde la fría capital.

Sin embargo, con el paso del tiempo, el zorro, que respondía al apodo de “Yaly”, se convirtió en referencia obligada del maestro Luis Antonio Calvo, considerado por muchos como el genio del romanticismo tardío colombiano. La relación era tan cercana que, cuando el maestro realizaba sus presentaciones en la iglesia o el teatro del pueblo, el animal se quedaba afuera esperándolo. Quizás el acento tan entrañable de esta unión respondía a que se había forjado en uno de los momentos más duros para el artista: cuando tuvo que internarse en el Lazareto de Agua de Dios, luego de que las autoridades sanitarias de Bogotá decretaran su destierro, en marzo de 1916.

Viacrucis del hijo mimado

Todo comenzó en los primeros días de enero de ese año, cuando el médico personal de Calvo, el doctor Tirado Macías, confirmó las sospechas: aquellas ojeras que enturbiaban su semblante y el dolor constante en los huesos no eran otros que los síntomas del mal de “Hansen”, una enfermedad de las más temibles, descrita en los pasajes bíblicos como la úlcera con que Satanás hirió a Job de los pies a la cabeza. Sí, con sus apenas 31 años, el joven compositor era víctima de un azote demoniaco: tenía lepra.

La noticia se propagó en seguida, como la peste, por toda Bogotá. En menos de nada, en aquella ciudad de apenas 120.000 almas, su infortunio se convirtió en la historia más consentida por todas las bocas. Si bien era tema en las chicherías de los artesanos en Las Aguas, también los caballeros de levita del Jóquey Club la cuchicheaban en sus tertulias. El chisme llegó incluso a oídos de la cantante soprano Filomena Boisgontier, una dama europea que gozaba de las atenciones de Luis y a la que el maestro había prometido una danza. Cuenta Sofía Sánchez, especialista en la obra de Calvo, que el mismo día en que el artista entregó la composición a su dama admirada, fue interrumpido por el mensajero del doctor Tirado que le entregó los resultados de los exámenes confirmando que tenía la enfermedad. Luis guardo la partitura en su bolsillo y Filomena regresó a su España natal con las manos vacías.

Días después. el compositor fue notificado con una orden de la municipalidad. Esta le exigía abandonar cuanto antes la ciudad para dirigirse al Leprosorio de Agua de Dios, donde tendría que someterse a un aislamiento perpetuo al lado de los otros enfermos. Aquel pueblo para leprosos, enclavado en un ambiente boscoso a unos minutos del municipio de Girardot en Cundinamarca, estaba cercado con 8 kilometros de alambres de púas, vigilado por la policía, que no permitía la salida a ninguno de los afectados por el mal.

Fueron días difíciles. En menos de dos meses el maestro tuvo que despedirse de todo lo que significaba algo para él. Nunca más volverían esas veladas memorables en las haciendas de Bosque Izquierdo, por entonces el sector más notable de Bogotá, cuando tocaba el violonchelo y las damas capitalinas revoloteaban a su alrededor como polillas atraídas por la luz. Y su mesa predilecta del café La Gran Vía, en la esquina de la calle 17 con séptima, donde solía despachar las tardes apilando colillas en los ceniceros, sería ocupada por otro, quizá también como él empeñado en alguna creación inmortal.
El 28 de abril de 1916, ante la inminente partida del compositor, la Unión Musical, asociación creada por el director musical Daniel Zamudio, decidió organizarle un concierto de despedida en el Teatro Colón. En primera fila se sentaron sus amigos más cercanos: el “tiplista” Humberto Correal, compañero de rondas en los piqueteaderos de Chapinero, el compositor Guillermo Uribe Holguín, que había sido su maestro y mecenas a su llegada a la capital, y la señorita María Luisa Peña, una de sus alumnas de piano que, como era costumbre en la élite capitalina, tomaba clases con Calvo en aras de convertirse en una mujer integral.

La partida

El 11 de mayo y en horas de la mañana, las mujeres bogotanas adornaron con ornamentos florales uno de los vagones del tren, que salía en ese entonces desde la estación de la Sabana en Bogotá rumbo a Tocaima. El vagón estaba destinado para el maestro Calvo y la comitiva que lo acompañaba. Cuenta el historiador Roberto Velandia, que el compositor no pudo retener las lágrimas ante el cumplido tan inesperado y que, antes de marcharse, entregó a su amigo Humberto Correal un papel que contenía las notas de “Adiós a Bogotá”, melodía que había compuesto para retribuir las atenciones que, durante casi 13 años, había tenido la ciudad con él.

Cierto es que Calvo tenía sus ventajas al ser un personaje importante, porque cualquier hombre común, que fuera notificado de estar afectado por el mal de Hansen, no recibía despedidas pomposas y tenía que viajar en el último vagón del tren, pintado de blanco, color que servía para informar que en su interior iban “apilados” los leprosos rumbo a un destino sin retorno.

Y realmente era un viaje del que nunca se regresaba. El repudio generalizado, resultado de un desconocimiento de la enfermedad, condenaba a los enfermos a una vida de aislamiento sin la oportunidad de volver a sus sitios de origen nunca más.

Los hábitos en medio del calvario

No obstante el maestro Calvo, al tener cierto prestigio no tuvo que enfrentar las mezquindades propias de la enfermedad. A su llegada al pueblo fue recibido con pompa y la comunidad de salesianos le dono la casa parroquial, una de las pocas construcciones de ladrillo en medio de aquel arrume de ranchos alzados en bareque. Además, empezó a recibir una cuantiosa renta del Estado, con la que compraba whisky, cigarrillos Lucky Strike y trajes a la medida. Pese a los asaltos del padecimiento, el compositor siempre mantuvo la solvencia novelesca del caballero en medio de una tierra a la que no pertenece.

Así fue que con el paso de los días, el maestro Calvo se fue adaptando a su nueva vida. Primero se encargo de la dirección de los coros de la parroquia y comenzó a dictar clases de música en el Pabellón Boyacá donde se encontraban los enfermos más delicados. Pero sobre todo, se dedicó a componer con ritmo frenético las melodías por las que su nombre pasaría a la posteridad (en total se cuentan cerca de 189 piezas en los 29 años que estuvo en Agua de Dios). Como todo un escudero de la nobleza que se oculta en la sencillez, elevó el rango de los estribillos populares que se manifiestan en aires como el bambuco y el pasillo hasta convertirlos en elaborados caprichos y preludios. Aunque sus conocidos intermezzos, muy al corte de la música romántica europea, fueron los que le procuraron reiteradas venias de músicos en todas las latitudes. Se dice que el mismo presidente Roosevelt de los Estados Unidos le mandó una carta elogiando sus creaciones.

También, a manera de remembranza de la época vivida en la capital, el compositor labró su propio espacio de tertulia en el andén enfrente de su casa. Se sentaba por las tardes a tocar su violonchelo y con la marcha de las horas se le iban sumando los amigos que por allí pasaban. Era un lugar común ver al poeta Adolfo León Gomez recitando sus poemas con la música del maestro de fondo. Se dice que a veces una mujer conocida llanamente como la “poeta”, que vivía a dos casas de Calvo, se presentaba para declamar unos versos que enervaban el ánimo de los presentes hasta llevarlos al estremecimiento.

Cuenta Nelson España, el solitario guía de la Casa Museo Calvo, que “La poeta” era una mujer muy especial en el pueblo, tanto así que despertó las pasiones de Calvo. Sin embargo, se trataba de un amor platónico ligado al ideal de la belleza interior. A diferencia del maestro, quien sólo mostraba unos achaques menores, la mujer había sido víctima de la inclemencia destructora del bacilo de Hansen: sus extremidades se habían desboronado y su existencia se soportaba apenas del tronco. De seguro su figura recordaba el busto de un héroe empotrado en el centro de la plaza como testimonio de una gloriosa inmolación.

Pero ésta no sería la mujer definitiva en la vida de Calvo. Una coartada del destino le traería un presente cuanto entraba ya a los 42 años. Víctima de un error garrafal en un retén militar cercano a Anapoima, la enfermera Ana Rodríguez fue confinada al pueblo de Agua de Dios. Los soldados habían confundido una alergia que tenía en el cuello con una macha similar a la que se da con la lepra. Y aunque no faltó la apelación, la dama de apenas 21 años, a los pocos días encontró una tentadora oportunidad de trabajo por la que decidió quedarse en el pueblo. Tendría que atender las dolencias del maestro Luis A. Calvo.

Y atendió sus dolencias hasta convertirse en su protectora en cuerpo y alma. En medio de las curaciones y los cuidados médicos, floreció una relación amorosa. De esos años de cortejo quedan las cartas que, plagadas de elogios y confesiones, le escribía el compositor a su enamorada. Se dice que el artista asumía el papel de cartero para entregarle la carta y ella leía en su presencia las notas del supuesto pretendiente que le escribía desde muy lejos. Esté juego de simulación se mantuvo durante el tiempo que estuvieron juntos. La relación duró varios años, hasta que en 1942 el compositor decidió formalizar la unión con “su copetoncita”, como la apodaba de cariño. Antes no había sido posible, porque su hermana y su madre se habían opuesto, pero tras la muerte de su progenitora el año previo, había llegado la hora de dar el paso definitivo.

Sin embargo el idilio matrimonial duro poco, en abril de 1945 Luis A. Calvo se enfermo de los riñones y tuvo que internarse de urgencia en el Hospital Herrera Restrepo. A los pocos días, el 22 de abril, el autor de la “Danza de la Malvaloca”, se despedía del mundo en medio del estupor de sus paisanos. Las consideraciones de turno no faltaron, pero fue el homenaje de su esposa el que merece prevalecer como un testimonio de la verdadera lealtad: le guardó luto por los próximos 45 años, 6 meses y 23 días.

Antes de morir en 1990 doña Ana de Calvo donó su casa al municipio con la condición de que se mantuviera tal como en los años en que la habitó con su esposo. Sin embargo sólo hasta 1992 se instauró el museo para que los curiosos de la música colombiana pudieran conocer el espacio vital de uno de nuestros genios musicales.

El legado que resiste

 La casa del maestro se mantiene inexpugnable ante el tiempo. Todo parece indicar que sus dueños están de vacaciones y volverán en cualquier momento. El piano, empotrado en la esquina del cuarto que da a la calle, es el primer eslabón del músico que se encuentra luego de cruzar la puerta de entrada. Luego viene el estudio con sus libros de abogacía, las biografías de Wagner y Beethoven, y en un rincón el violonchelo con que el maestro despertaba a sus vecinos muy temprano en la mañana. Después está la sala, abierta para aminorar el calor, a un patio diminuto donde en otros tiempos venían las mirlas a comer de la mano del artista y un loro silbaba las melodías que le oía interpretar en el piano.
La gente que en la actualidad habita el pueblo es en su mayoría descendientes afortunados de los enfermos que perecieron en el horror del confinamiento. Y son afortunados porque, primero, casi ninguno heredó la enfermedad, y segundo, porque pueden salir cuando quieran del pueblo. En 1961, el gobierno decretó que se devolvieran todos los derechos civiles a los leprosos, luego de escrupulosos estudios científicos donde se confirmó que la única forma de contagio del mal es mediante el contacto sexual.

De antaño es poco lo que queda, las casitas de bareque fueron remplazadas por casas de ladrillo para el veraneo de ancianos capitalinos, que hartos del frío y el vértigo de la ciudad, hallan en las calles ardientes y fantasmales de Agua de Dios, el pretexto perfecto para el descanso ineludible de los últimos años.

Sin embargo, aunque muchas cosas hayan cambiado, la presencia del maestro es un rastro furibundo que se resiste a la indiferencia de las nuevas generaciones. Pese a los embates cada vez más intimidantes del mundo globalizado, los músicos del pueblo, en su mayoría jóvenes que no superan los 25 años, aún le rinden homenaje a su genio: en la conmemoración de los 120 años de su natalicio, la banda municipal de Agua de Dios presentó el 2 de septiembre de 2012, un concierto con las piezas más representativas de su repertorio. Allí, bajo un cielo distinto, sin confinados ni vencidos, se pudo escuchar una vez más el eco del hombre que alguna vez trinó a todo pulmón en la ciudad del dolor.

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