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“Si no está en juego la vida, sólo es cosa de folclor”. Las décimas de Mery Suescúm

Alejandra Quintana. Instituto para la Investigación Educativa y el Desarrollo (IDEP), Ministerio de Cultura

Diciembre de 2009 / Revista Acontratiempo / N° 14
1 2 Después de más de veinte años de festivales de gaitas, en los que los concursos de improvisación de décimas, o piquerias, han sido reconocidas como un enfrentamiento entre hombres, el 14 de agosto de 2005, en el Festival de Gaitas de San Jacinto, una mujer de Montería, Mery Suescum, participaba y ganaba el primer puesto. Tan sorpresivo fue el suceso que la filmación de la improvisación de décimas fue igualmente improvisada, dando como resultado un registro histórico que trasciende la calidad del video.



Piqueria entre Mery Suescum y Eduardo Guerrero. Quintana, Alejandra. (Filmación). Festival de Gaitas de San Jacinto. San Jacinto, Bolívar, 2005. Texto 1

“Canta con supremacía, si la mujer no paría quien lo iba a procrear”, el público levanta las sillas, grita eufórico y chifla, como pocas veces se ve en los festivales. Tras una historia de concursos de décimas entre hombres, cuyas improvisaciones se enmarcan en temas bucólicos recurrentes como “San Jacinto pueblo artesanal” o “En Ovejas queremos la paz”, llega una mujer, como bien señala Mery, “con talento seguro”, y el discurso pasa de metafórico, idílico y pastoril, a convertirse en una competencia entre sexos, acontecimiento insólito que cautiva a jurados y público. Una mujer que irrumpe en un escenario ocupado históricamente por hombres (como son lo festivales de gaitas en Ovejas y San Jacinto) con un discurso femenino, y un hombre que personifica su tradición masculina.

Empiezo entonces describiendo el contexto masculino de los festivales de gaitas, con el objeto de evidenciar la tradicional exclusión de las mujeres, y la diferencia simbólica entre el concurso de gaitas y el concurso de décimas, ambas categorías propias de los festivales de San Jacinto y Ovejas. Observaremos tres videos que nos muestran el performance de Mery, para luego analizar el discurso expuesto a través del texto y la exhibición evocada de un cuerpo femenino como significante de cualidades de género. Y termino con una reflexión sobre el impacto de la incursión de las mujeres en un espacio tradicionalmente masculino como son los festivales de gaitas de Ovejas y San Jacinto.


Una tradición masculina

En el artículo Festivales de gaitas y tambores en Ovejas y San Jacinto, una tradición de exclusión hacia las mujeres (Quintana, 2009), analizo la participación de las mujeres y los obstáculos que encuentran para ejercer la música de gaitas como una profesión. En 1991, después de siete años de creado el Festival de gaitas de Ovejas, participó una agrupación de mujeres llamada Las Diosas de la Gaita, integrada por las hijas y sobrinas del reconocido gaitero Joche Álvarez. Era la primera vez que un grupo de mujeres participaba y además ganaba la categoría de Gaita Larga Aficionada; la única vez que un grupo de mujeres ha ganado esta categoría. Pero por distintas circunstancias que describo en el artículo, entre ellas el tener que asumir el rol reproductivo y productivo sin la colaboración de sus parejas, no fue posible continuar con la agrupación.

Las Diosas de la Gaita ganaron, más que por su talento, por ser la primera agrupación de mujeres que participaba, además, con el respaldo del reconocido gaitero Joche Álvarez. Pero el temor de los hombres de perder el poder y control sobre la “tarima sagrada”, no ha permitido que un grupo de mujeres vuelva a ganar en Gaita Larga Aficionada, impidiendo así que lleguen a participar en la categoría más importante del festival, Gaita Larga Profesional.

Después vinieron grupos como Sambumbia de Bogotá, en 1998/99 y Las Amaxonas de Barranquilla, en 2001 y 2003, pero ambos grupos desistieron en el segundo intento después de vivir experiencias en donde la resistencia frente a su participación derivó en injusticias e intimidación. El grupo Lumbalú de Bucaramanga es el único que sigue luchando; ha participado durante cinco años consecutivos, desde el 2004, en la categoría de Gaita Larga Aficionada, tanto en el festival de Ovejas como en el de San jacinto, pero a pesar de su profesionalismo, trayectoria y talento no ha pasado a la categoría profesional. Es común oír a los jurados exaltar la participación de las agrupaciones de mujeres y la calidad de su interpretación pero las siguen ubicando en un segundo o tercer puesto bajo porque: “les falta fuerza” (Quintana, 2009: 143).

Es así como la resistencia frente a la participación de las mujeres en los festivales de gaitas refleja la lucha por el mantenimiento de una tradición enmarcada por el dominio masculino, reconociendo en la música una forma particular de ejercicio del poder que genera una serie de obstáculos, aparentemente ocultos, que promueven la desigualdad entre hombres y mujeres en lo que debería ser un acercamiento libre y autónomo al arte. De esta manera, la tradición se convierte en sinónimo de exclusión; una tradición que reproduce y mantiene las desigualdades de género, impidiendo que las pocas agrupaciones de mujeres gaiteras que participan en los festivales lo hagan en condiciones de equidad.

Pero si en los festivales de gaitas la participación constante y profesional de las mujeres es percibida como amenazante, y por ello la resistencia a otorgarles el primer puesto en el concurso de Gaita Larga Aficionada o Profesional ¿qué hay detrás del éxito de Mery Suescum, la única mujer que por primera vez ha ganado durante dos años consecutivos en un espacio de producción y reproducción de prácticas y significados masculinos? Veamos nuevamente el video.


La piqueria como performance

Antes de iniciar la piqueria, Eduardo Guerrero augura que va a perder, pero ¿qué lo hace pensarlo (o más bien saberlo con certeza)?

Empecemos por lo más evidente, la temática de la piqueria. Como ya se mencionó, al ser la primera vez que una mujer incursiona en un ámbito resistente a la participación femenina, es inevitable que la piqueria pase del tradicional discurso metafórico a simbolizar una “guerra de sexos”, en la que se exponen roles y relaciones de género tradicionales: Cuadro 1

La improvisación de décimas es un performance, como denomina la etnomusicóloga Carol Robertson al acto de exponerse a través de la música en un contexto público o ritual. En el caso de la piqueria, Eduardo Guerrero se exhibe en su territorio y Mery Suescum se expone en un espacio ajeno, que trasladado al fútbol haría las veces de equipo visitante. Pero a pesar de ser una forastera, puede darse el lujo de criticar la supremacía masculina sobre la música, al estar amparada no solo por su destreza al improvisar sino por el hecho de hacerlo desde un cuerpo de mujer: “irrespetarla sería manchar el programa y mi fama llegaría a perder”.

Uno de los atributos de la improvisación de décimas es desafiar al oponente a toda costa, y si Eduardo se está enfrentando a una mujer con temáticas que buscan rescatar las cualidades del ser hombre y del ser mujer, en su rol masculino no está bien visto atacar a una dama, por eso sabe que “lleva las de perder”.

Si Mery hubiera entrado por primera vez a competir con los mismos discursos pastoriles en un espacio históricamente masculino, sin un atributo extra que legitime su intervención, de seguro su talento no habría sido suficiente ni el éxito tan rotundo, y sería ella la que llevaría las de perder; como sucede con las agrupaciones de mujeres gaiteras, al interpretar el mismo repertorio, textos y formato instrumental de los gaiteros tradicionales.

Respecto al poder del performance, Carol Robertson resalta su capacidad de evocar la idea de feminidad o masculinidad, y de establecer, mediatizar o modificar comportamientos:

La música y los diferentes comportamientos que le son inherentes, en las manos de los seres humanos, pueden limitar o ampliar el acceso y el conocimiento social, ritual y político de las mujeres, hombres y niños. La manipulación del significado musical y de las situaciones de performance es una piedra angular de la organización social, pues todos los pueblos reconocen la necesidad de estructurar sus vidas y los privilegios de otros a través de la dramatización de los principios que rigen su orden ideal (Robertson, 2001: 383-84).



Los concursos de gaitas y décimas suponen ese orden ideal, en el que además de revelar la dominación masculina sobre la escena musical, ponen de manifiesto los mecanismos de control social para su mantenimiento: la exaltación de los roles y cualidades de género tradicionales, del ser hombre y del ser mujer.

Precisamente en la final del concurso de décima en San Jacinto, entre Mery Suescum y Gustavo Lara, se resaltan de manera más evidente los roles y relaciones de género. A través del tema a improvisar, “La labor de las mujeres y los hombres en el hogar”, nuevamente se ponen de manifiesto los mecanismos de control social.

Final de concurso Décimas entre Mery Suescum y Gustavo Lara. Quintana, Alejandra. (Filmación). Festival de Gaitas de San Jacinto. San Jacinto, Bolívar, 2005.



Texto 2Cuadro 2

Así Mery esté incursionando en un espacio tradicionalmente masculino con una improvisación virtuosa, continúa reproduciendo el orden ideal. Su descripción de una serie de “virtudes” del ser mujer, y la respuesta de Gustavo desde la defensa de una masculinidad “macha”, contribuyen a perpetuar la reproducción de los roles bipolares de género; mas aún, si se trata de un espacio de poder simbólico como lo es la tarima de un festival de gaitas cuyo objetivo es preservar una tradición musical atávica. Es así como la presentación de Mery y Gustavo se convierte en un arma de doble filo: la exaltación de las cualidades del género femenino (expresadas en el triple rol3), que impulsaron el triunfo de Mery en el concurso de décimas, son las mismas que continúan obstaculizando la inserción de las mujeres en la interpretación de música de gaitas en los festivales de Ovejas y San Jacinto; como veremos más adelante.

Para Carol Robertson: “el modo en que valoramos lo femenino constituye un elemento esencial para entender los tipos de poder y las dinámicas de género que se dibujan” (Robertson, 2001: 407). En el siguiente video, Mery Suescum se presenta en el festival de Ovejas de 2004 con la décima titulada “La mujer bien plantada”, un llamado al pudor y al recato, promulgando la permanencia de las dinámicas de género a las que se refiere Robertson, en este caso una feminidad tradicional, o en palabras de Mery, “anticuada”.

Décima “La mujer bien plantada” de Mery Suescum. Quintana, Alejandra. (Filmación). Festival de Gaitas de Ovejas. Ovejas, Sucre, 2004.



Texto 3

Vemos entonces que en la piqueria, tanto Mery, como Eduardo y Gustavo exponen relaciones y roles de género de hombres y mujeres a través de textos que mantienen un vínculo permanente con los ideales tradicionales. Esta dramatización, o performance, revela las dinámicas de las construcciones de género, no solo por medio de las temáticas tratadas sino también a través de la exhibición de los cuerpos de hombres y mujeres en la tarima.


Exhibición evocada del cuerpo

Mientras el texto de las improvisaciones de décimas devela un contenido claro, el significado otorgado al cuerpo no es tan evidente. La reconocida socióloga de la educación Lucy Green, en su libro Music, Gender and Education (2001), se refiere a la exhibición evocada del cuerpo, analizando la aparición del cuerpo en un escenario como una exposición en donde para público, jurados e intérpretes resulta difícil mantener una relación de crítica simétrica entre la interpretación de un hombre y la de una mujer, por el simple hecho de ser cuerpos distintos que evocan cargas simbólicas opuestas y/o complementarias, masculinas o femeninas.

Por otra parte, Green se refiere a la exhibición institucionalizada, “un escenario en el que se reconoce que la propia exhibición es un elemento perteneciente a la representación” (Green, 2001: 32), es decir que la exhibición del cuerpo es prácticamente una ramificación del escenario y todo lo que él representa; en el caso de los concursos de décimas y gaitas, el escenario y quien se exhibe personifican el deseo de preservar la tradición ancestral, un ritual que suele estar personificado por cuerpos masculinos; la exhibición de un cuerpo femenino suele ser percibido como una transgresión a la norma, como en el caso de las agrupaciones femeninas de música de gaitas.

Cuando vemos a un hombre o a una mujer tocar un instrumento, cantar o improvisar, no solo escuchamos el texto y observamos su capacidad interpretativa e improvisatoria, sino que tomamos conciencia (inconscientemente) de la postura discursiva del cuerpo que se exhibe, su relación con el escenario exhibición institucionalizada y el vínculo entre el contexto y la identidad de género exhibición evocada del cuerpo. Es a partir del reconocimiento de ese cuerpo como común o transgresor que juzgamos, criticamos, aceptamos o rechazamos su intervención.

Si analizamos la profesional pero poco valorada participación de las agrupaciones de mujeres en las categorías de Gaita Larga Profesional y Aficionada en los festivales de Ovejas y San Jacinto, con la intervención exitosa de Mery Suescum en la categoría Décimas, encontramos que las gaiteras están compitiendo en la categoría con mayor contenido simbólico de los festivales; por algo se les llama “festivales de gaitas”, así haya en ellos otros concursos como canción inédita, parejas bailadoras o décimas. Los concursos de gaitas encarnan el mantenimiento de la histórica tradición gaitera de los llamados Montes de María, tradición que hace parte de la construcción de la identidad masculina; la participación de un grupo de mujeres intérpretes de música de gaitas es claramente transgresora en este contexto dotado de identidad masculinidad. La composición e interpretación de música de gaitas y tambores son percibidos como atributos masculinos, por requerir destreza técnica y mental, domino y fuerza, características que no concuerdan con el ideal patriarcal de feminidad dentro de los festivales tradicionales de gaitas. “Las mismas cualidades de la interpretación instrumental que, en el caso de la mujer, interrumpen su feminidad, en el caso del varón afirman hasta cierto punto su masculinidad” (Green, 2001: 60).

Valiosos han sido los escritos desde la musicología de género sobre el cuerpo como significante y por esto mismo causante de una división sexual en la música. El imaginario de la composición e interpretación como masculina, y el baile y el canto como femeninos, establecen una directa oposición entre el poder de la mente y el dominio de los materiales, con el poder seductor del cuerpo como instrumento.

En este sentido, la participación de mujeres intérpretes de música de gaitas es desafortunada e injustamente inocua. Al competir con un capital simbólico masculino, interpretando los mismos instrumentos, las mismas canciones que autoriza el festival, el mismo número de integrantes y las mismas técnicas interpretativas de los hombres, así sea impecable su actuación, los concursos de gaita aficionada y profesional no representan un espacio que de cabida a las mujeres. ¿Para qué una mujer instrumentista si lo puede hacer un hombre?

La participación y éxito de las mujeres en un festival de músicas tradicionales depende de su relación directa con los roles de género esperados socialmente. Este es el caso de las cantaoras del pacífico colombiano, cuya interpretación puramente corporal, sin la intervención de un instrumento, no contradice las construcciones patriarcales de feminidad a las que se refiere Green.

El concurso de décimas, por su parte, al no ser la categoría principal del festival de gaitas, ni requerir la destreza instrumental, es un evento que no está tan arraigado a la identidad masculina de la música de gaitas de los Montes de María. Mery Suescum compite así en una categoría secundaria y, dado que es un concurso donde prima la oralidad, puede emplear el discurso de la feminidad como arma, pues no contradice las ideas tradicionales de feminidad; su cuerpo (la voz) es su instrumento.

Pero la continua participación de Mery en los festivales, aceptada hasta ahora, puede representar una amenaza a futuro. La improvisación de décimas implica un manejo poético y complejo del lenguaje, una habilidad racional que, al igual que la composición e interpretación de ciertos instrumentos, se asocian a un requisito cerebral propio del ser masculino que Lucy Green llama “exhibición metafórica de la mente” (Green, 2001: 86). Dentro de los perfiles de feminidad y masculinidad, es distinto componer una canción tradicional, como lo hacen algunas mujeres que participan en el concurso de Canción Inédita, a improvisar décimas mostrando una facultad de composición más elaborada. La evidencia de virtuosismo por parte de una mujer, como en el caso de Mery Suescum, se puede interpretar como una amenaza a largo plazo a la estabilidad del rol masculino. A mayor posibilidad de ruptura de la tradición masculina a través de la capacidad de improvisación y erudición en el manejo del lenguaje por parte de una mujer, más amenazante e interruptora será su intervención.

Lo que hasta ahora ha validado la intervención de Mery en un escenario controlado por la exhibición de cuerpos masculinos, es el romper con el discurso cíclico y dominante que ha rodeado históricamente la improvisación de décimas en los festivales, a través de la introducción de una nueva temática. Es en el hecho de enfrentar el monopolio masculino, resaltando la exhibición evocada del cuerpo femenino de Mery, donde se encuentra la magia que los jurados y el público encontraron para darle la victoria. Porque la exhibición cobra sentido en la medida en que haya cuerpos que la contemplen, cuerpos igualmente permeados por las construcciones tradicionales de género, que están esperando ser seducidos para aprobar o desaprobar la intervención.


“Si no está en juego la vida, sólo es cosa de folclor” (Mery)

Hasta ahora su discurso ha sido admitido en los festivales de gaitas por dos años consecutivos (Mery ganó en el festival de San Jacinto en 2006), porque su exhibición encarna un cambio refrescante para un público que año tras año ve subir a tarima a generaciones enteras de gaiteros, tamboreros, decimeros y jurados; todos hombres, pertenecientes a familias de tradición musical como los Fernández, los Lara, los Hernández, los Álvarez, entre otros, que interpretan las mismas canciones tradicionales, con el mismo formato (gaita macho y hembra, tambor macho y hembra, cantante y tambora), el mismo traje típico y hasta los mismos patrocinadores (Aguardiente Antioqueño y Ron Medellín).

Es así como la presencia de Mery en la “sagrada tarima” genera una circulación de nuevos bienes simbólicos que causan impacto inmediato tanto en los jurados como en el público, una sensación de novedad que atrae pero a la vez amenaza el orden ideal, en medio de un espacio caracterizado por el mantenimiento de una tradición ancestral reiterativa, inmovilizada en el tiempo.

Cambiar el cuerpo exhibido, el instrumento que produce el discurso o el “origen inmediato de la música” (Green, 2001: 36), era hasta ahora impensable dentro del anhelo de transparencia y fidelidad hacia un pasado ancestral y mítico que concebía la improvisación de décimas como masculina. Una mujer decimera encarna un discurso que produce y reproduce nuevas verdades, pues está designando códigos y valores adicionales a lo ya conocido, de ahí su complejidad y repercusión en un escenario cuya esencia es resaltar la tradición. No se trata sólo de la sorpresa de observar un cuerpo de mujer interpretando música de hombres, introduciendo pequeños cambios en la estética de los festivales, sino que este cuerpo puede llegar a simbolizar una alteración axiomática, axiológica y estructural dentro de la tradición de los festivales.

Pareciera que Mery Suescum encontró la manera de desafiar las dinámicas de control social que rigen los concursos de décimas en los festivales tradicionales de gaitas desde hace más de veinte años, pero solamente en algunos años sabremos si su intervención impulsó la participación de otras mujeres en el concurso de décimas, si continuó representando un atractivo para público y jurados, si se sigue valorando su intervención, si empezaron a surgir obstáculos o su discurso se agotó simbólicamente.

Lo que sí sabemos es que la participación de Mery en la categoría Décimas en los festivales de gaitas de San Jacinto y Ovejas es un evento simbólicamente significativo, que nos revela las dinámicas de poder y las fronteras de la música; un concurso en el que la intervención de una mujer en un espacio históricamente masculino puede representar para el contexto una amenaza al mantenimiento de una tradición ancestral. A lo que respondería Mery: “Si no está en juego la vida, sólo es cosa de folclor”.


Bibliografía

Greene, L. 2001. Música, género y educación. Madrid: Morata.

Coser, C. 2001. Ajuste desde la base: mujeres de bajos ingresos, tiempo y triple rol en Guayaquil. En G. Herrera (comp.) Estudios de Género, p. 275-294. Quito: FLACSO.

Quintana, A. 2009. Festivales de gaitas y tambores en Ovejas y San Jacinto, una tradición de exclusión hacia las mujeres. En M. Pardo (comp.) Música y Sociedad en Colombia: Traslaciones, legitimaciones e identificaciones, p. 135-154. Bogotá: Universidad del Rosario.

Robertson, C. 2001. Poder y género en las experiencias musicales de las mujeres. En F. Cruces (Ed.) Las culturas Musicales. Lecturas de etnomusicóloga, p. 383-412. Madrid: Trotta.


Lista de ejemplos de video

Video 1: Piqueria entre Mery Suescum y Eduardo Guerrero. Quintana, Alejandra. (Filmación). Festival de Gaitas de San Jacinto. San Jacinto, Bolívar, 2005.

Texto Décimas Video 1:
Eduardo Guerrero: “Una piqueria entre esta joven y yo, llevo las de perder pero ahí va”

1. La cosa se puso seria
2. para que lo tengan presente
3. porque aquí entre to’a esta gente
4. ya vino la piqueria,
5. no es un verso de miseria
6. que te canto en este día
7. y escucha tu mi poesía
8. porque te quiero cantar,
9. porque te quiero es mandar
10. pa’ allá para Montería”

Mery Suescum:

1. Veo que me quiere humillar
2. canta con supremacía
3. si la mujer no paría
4. quién lo iba a procrear
5. mis sorpresas puedo dar
6. pues mi talento es seguro
7. y no tenga tanto apuro
8. que de pronto se desvela
9. cayó la torre gemela
10. y que no caiga un tipo duro

Eduardo Guerrero:

1. Cantar con una mujer
2. a su público presente
3. enseguida en el ambiente
4. yo llevo las de perder
5. cumpliré con mi deber,
6. pues ella es persona tierna
7. pero a mi no me gobierna
8. se lo digo en este día
9. yo la echo pa’ Montería
10. con el rabo entre las piernas

Mery Suescum:

1. No tenga agresividad
2. que en mi mente no hay rencor
3. yo tan solo traigo amor
4. para sembrar hermandad
5. si en la poesía no hay maldad
6. si es fuente de paz y amor
7. no maltrate su esplendor
8. con palabras agresivas
9. si no está en juego la vida
10. solo es cosa de folclor

Eduardo Guerrero:

1. Cuando yo miro una dama
2. me complazco en saludarla
3. porque se que irrespetarla
4. sería manchar el programa
5. y hasta pienso que mi fama
6. yo la llegaría a perder
7. si eso llega a suceder
8. mancharía mi propio nombre
9. sabiendo que todo hombre
10. proviene de una mujer

Video 2: Final de concurso Décimas entre Mery Suescum y Gustavo Lara. Quintana, Alejandra. (Filmación). Festival de Gaitas de San Jacinto. San Jacinto, Bolívar, 2005.

Texto Décimas Video 2:
Mery Suescum:

1. El hombre es como traidor
2. que tiene más experiencia
3. y por eso crea conciencia
4. y se siente superior
5. Pero la mujer su honor
6. lo defiende en el hogar,
7. ella es quien sabe tratar
8. a sus hijos y la plata
9. porque ella no es ingrata,
10. ella no sale a tomar

Gustavo Lara:

1. Se que no sale a tomar
2. la mujer que no es ingrata,
3. tampoco se desbarata
4. así la vayan a buscar,
5. yo la tengo que cuidar,
6. en una forma tan grata
7. mi mente bien la retrata
8. porque yo tengo buen juicio,
9. si me corta los servicios,
10. pues yo le corto la plata.

Video 3: Décima “La mujer bien plantada” de Mery Suescum. Quintana, Alejandra. (Filmación). Festival de Gaitas de Ovejas. Ovejas, Sucre, 2004.

Texto Décimas Video 3:
Mery Suescum

1. La que se para en su punto
2. y no afloja su entrepierna
3. esa si que se gobierna
4. sin comerciar con su asunto
5. si honor y pudor van juntos
6. yo al compararlas quisiera
7. que alguien a mi me dijera
8. si es mejor la actualizada
9. una honrada aunque anticuada
10. que sin darlo se supera

1. Este texto fue presentado como la ponencia: “Improvisación de décimas en clave de género: el caso de Mery Suescum”, dentro del XII Congreso de Antropología en Colombia, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 10 al 14 de Octubre de 2007.

2. Para una contextualización bibliográfica acerca del tema del género en la música ver: Bourdieu, P. 2000. La Dominación Masculina. Barcelona: Editorial Anagrama. McClary, S. 1991. Feminine Endings. Gender, Music and Sexuality. Minnesota: University of Minnesota Press. Quintana, A. 2009. Perspectiva de Género en el Plan Nacional de Música para la Convivencia. Consultado el 19 de octubre de 2009 en http://www.mincultura.gov.co/?idcategoria=27308. Viñuela, L. 2003. La perspectiva de género y la música popular: dos nuevos retos para la musicología. Oviedo: KRK.

3. “El trabajo femenino incluye no solo el trabajo ‘reproductivo’ (el dar a luz y las responsabilidades de la crianza de los hijos), necesario para garantizar la manutención y reproducción de la fuerza laboral’ sino, además, ‘el trabajo ‘productivo’, en actividades generadoras de ingreso. Implica además trabajo ‘comunitario’, desarrollado en el ámbito local” (Moser, 2001:162).


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