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“Lo propio” y sus tensiones: Agua’e lulo

Juan Sebastián Ochoa. Reseñado por Carlos Arturo López J.

2012-01-16 / Revista Acontratiempo / N° 17


Título del disco: Agua 'e lulo


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Imagen 1

Las técnicas, rutinas y fórmulas de los géneros no son eternas. Mantenerlas o no, depende tanto del autor, como del público al que se dirige, la situación en la que se desarrollan, además de elementos adicionales que no se pueden definir de antemano, ni son iguales para cada caso. La presente reseña está particularmente determinada por el objeto, la producción musical del pianista y marimbero Juan Sebastián Ochoa titulada Agua’e lulo, y por mí mismo, el autor de esta reseña, pues, además de ser mi primera intervención en el género, ni soy músico, ni musicólogo, ni siquiera un melómano full time.1 No obstante, estas debilidades me habilitan a presentar la mencionada obra, debido a la peculiaridad de la misma.

Los colores de la caja del trabajo de Juan Sebastián provienen del lulo, la diagramación de las fotografías y los textos se intercala con una secuencia de ilustraciones que narran la preparación del jugo de dicha fruta; preparación en tres etapas que ocurren, cada una, en una cocina típica de las tres regiones de Colombia de las que el compositor se ocupa: el Caribe, la zona Andina y la Costa pacífica. El sonido de las 10 piezas que dan cuerpo al trabajo es tan familiar para cualquier colombiano como la bebida que da nombre al trabajo (y también al corte 4).

Se trata de una serie de composiciones mismo Juan Sebastián Ochoa, a excepción de un arreglo en piano del Bunde tolimense (corte 6) realizado e interpretado por él mismo y una canción, El gallo de las islas del Rosario (corte 7), de Sixto Silgado “Paíto” —uno de los invitados especiales, además de Toño Arnedo, Juancho Valencia y Ramón Benítez—. Entre los géneros de los temas que se interpretan en la mencionada obra están el chucu-chucu, el pasillo, la raspa y el currulao. Y esto es peculiar porque en que la base de todos estos ritmos es un grupo de jazz (batería, bajo, piano y saxofón) que se acompaña según el tema con instrumentos locales muy diversos (Marimba de chonta, timbal, güiro, alegre, entre muchos otros). Se trata de un sonido que bien podría llamarse familiar, fiestero a ratos, nostálgico a ratos, sin embargo, a ratos también elaborado e impredecible.

En mi opinión, lo que resulta fundamental en Agua’e lulo es que, lo mismo que el paso por las cocinas regionales, revive una experiencia que en tanto colombianos todos hemos tenido. Los diferentes ritmos regionales que recopila son conocidos por cualquiera de nosotros y fácilmente identificables. Aún así, el trabajo no es ni una simple pieza de nostalgia folclorista, ni una desaparición de los caracteres distintivos de los sonidos regionales en el fondo común de “lo colombiano”.

En otras palabras, Agua’e lulo no establece un rasgo identidad entre los diversos géneros que componen la obra, al contrario, los mantiene en una pureza paradójica: son regionales, respecto a lo que regularmente llamamos Colombia (a sus regiones), pero, en tanto que regionales, se distinguen sin dificultad, con lo cual la obra muestra las dificultades de una pretendida unidad republicana, no debido a la imposibilidad de un monopolio de las armas y la administración de justicia (de las cuales los grupos armados al margen de la ley son apenas un ejemplo), sino a la imposibilidad de una unidad cultural que no se subsana con los coros de un himno, los colores de una bandera o la camiseta de un equipo de fútbol.

La paradoja, se completa cuando vemos que esa “pureza” está atravesada, además de la base instrumental, por apariciones súbitas de Jazz, las cuales se concentran en el corte 9 titulado Gaitón [y no Guide tone], pero se extienden a lo largo del disco apareciendo, de cuando en cuando, en forma contrastes violentos, de finos coqueteos, de giros humorísticos, de sofisticaciones intelectuales… Puede afirmarse que este trabajo señala las tensiones entre la nación y sus partes, tensiones que, como habitantes de este país, a diario vemos manifestarse en los productos culturales, en la política y la economía colombiana; este trabajo señala también las tensiones de lo propio en un mundo que parece haber agotado la posibilidad de permanencia de las identidades fijas y puras.

En Agua’e lulo, el intersticio entre un esfuerzo consciente de no romantizar lo autóctono y la búsqueda de “lo de aquí”, da el suficiente espacio para explorar con sonidos eruditos y más académicos. No obstante, el trabajo evita los excesos de refinamiento y las sofisticaciones, así, ni opaca, ni suprime, la experiencia paradójica de lo propio: sabiéndonos colombianos distinguimos nuestra región de aquellas a las que no pertenecemos, pero, sin dejar de sentir que el conjunto es nuestro. En esta producción reconocemos la música de diciembre, los diversos carnavales y costumbres de distintas zonas del país, la vida en la costa o la montaña…

En este disco, Juan Sebastián Ochoa presenta música colombiana y música regional, ejercicios sonoros académicos y populares, actitudes muy serias y llenas de sentido del humor, estudios universitarios y remembranzas de los múltiples valores y formas que toma nuestra existencia. Esta reunión de tensiones productivas nos muestra que los géneros permanecen más allá de los juegos institucionales (estados, universidades, costumbres o academias) y que ellos varían tanto por las dinámicas cotidianas como por los esfuerzos de los más dedicados estudiosos, nos muestra que los géneros requieren de tanta tradición como innovación. Y que se puede hablar de música no solo como experto, sino, y este es mi caso, como un lego en cuestiones musicales con disposición para dejarse tocar por la tradición y la novedad que una obra contiene. Agua’e lulo es pues, una obra para cualquiera, el estudioso de jazz o de los ritmos colombianos, el melómano que escucha en su cuarto discos enteros en completo silencio, o el fiestero que escoge algunas canciones para bailar en la fiesta familiar.






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